Cuando adoptamos a Ceporra, una bolita de pelo de tres meses, nadie pensó en consultar la opinión del verdadero dueño de la casa: Mochilo, nuestro gato de 4 años, rey del sofá, inspector de cajas y guardián oficial del territorio.
El día que Cepo llegó, Mochi la miró con cara de:
«¿Y este bicho con bigotes… por qué huele a veterinario? ¿Por qué me persigue y usa todas mis cosas? «
Cepo, por su parte, no entendía la tensión. Ella solo quería jugar, saltar sobre su nueva cola favorita (la de Mochi) y seguirlo a todos lados.
Mochi, indignado, decidió alejarse un tiempo y planear su venganza en silencio.
Los primeros días fueron puro drama: bufidos, gruñidos, miradas asesinas y persecuciones dignas de una película de acción.
Poco a poco, el ambiente cambió. Cepo empezó a respetar los siestódromos sagrados de Mochilo (esos donde nadie lo molesta). Y Mochi, a regañadientes, empezó a aceptar que Cepo no era tan terrible… sobre todo cuando ella decidía intercambiar pienso o le calentaba el sitio en la cama.
Hasta que llegó El día.
Sin esperarlo los encontramos durmiendo juntos, tan pegados que costaba saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Fin del conflicto. Nació una sociedad felina.
Ahora son inseparables: se persiguen, se acicalan y conspiran juntos para despertarnos a las 6 de la mañana.
Mochilo ya no es gato único… pero se nota que, en el fondo, está feliz de tener una compañera que lo adore (aunque nunca lo admitiría en público).